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ESPASMOS COTIDIANOS

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A veces, quisiera ser ave. Dedicarme a ir de allá para acá. Estar la mayor parte del tiempo ahí arriba, con fuertes bocanadas de aire, de perspectiva; disfrutar de lo diminuto que es todo. Y cuando no, no tener miedo de la inmensidad y flotar sobre ella. Saber, sin saberlo, cuando es tiempo de migrar.

Comencé a contar mis secretos

entre líneas,

al aire libre,

entre espasmos de tiempo

divididos por el ruido del viento. 

Fundirme en el espacio que soy, vomitar lo que se esconde, parar de repetir lo inútil, dejar de creer en lo que no creo. Ser, sin cuestiones, sin pautas, con un yo absoluto, fluido, cuántico.

Me quedo a ver las últimas líneas de luz sobre la ciudad y me parece un acto de poder desorbitante, un mensaje cifrado que contiene todo lo que me integra. Me imagino en él, atravesándolo. Entre la oscuridad y la luz, me entrego al principio. En ese momento está todo lo que tengo que hacer aquí o todo lo que soy aquí. 

Se desvanece y el aire me aborda, resuena en mis oídos, cala mi cuerpo, siento mi fragilidad. El último rayo de luz del día me habla del tiempo, un tiempo sin horas, sólo ciclos. 

Mi vida se va ahí, mientras el sol se esconde entre las montañas, mientras todo pierde su brillo y comienza otra vida, otra idea de vida.

The object not as a purpose, but as a meaning.

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Ruta 42. Me duele la cabeza. Pienso en qué escribir, no se me ocurre nada. 

Voy en un camión lleno de mujeres, me siento segura, pero no estoy segura que lo estoy. En la siguiente parada, todo se repite, todo vuelve a su orden.

Hay una niña a lado de mí, que se arrulla con el cielo. Quisiera dormir como ella.

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Desde hace mucho te invoco. Te hablo a través de ecos. Quiero que escuches y me acompañes. No sé dónde termina, pero llevo contando mucho desde mi primer inhalación. Cuento días, sílabas, nubes, pasos; todo concluye en números indescifrables y, entonces, inservibles. Me botan en la orilla de un volcán al que no quiero entrar.

Te siento, pero creo que siempre llego a tu última palabra. Me quedo con un rompecabezas lleno de ideas mías y posibles voces tuyas.  Quiero aprender a leerte, saber estar lista para escucharte, entender códigos en los que colapsas y te incorporas. Porque siendo honesta, a menudo necesito fuerzas. Y siendo egoísta, quisiera que estuvieras aquí.

-A mi abuelito Juve-

​Cómo escuchar una plática de adultos

Cuando quieras escuchar una plática de adultos, finge que estás distraída, que estás jugando con el popote de tu jugo, que los cubiertos y su ruido son más divertidos que las palabras que piensan que no puedes entender.

Finge que estás en la mesa sola y que nadie más existe. Mientras no los veas fijamente, no se van a dar cuenta. Seguramente, te voltearán a ver de reojo y tú, tus manos inquietas y tu mirada baja pretenderán que no saben nada. 

Pero lo sabes todo.

Escuchas todo.

​Sólo ten cuidado que esas palabras no lleguen tanto a ti, que no encuentren un lugar en tu cabeza, que no se asienten en tus horas de ensueño. 

Carta hipotética a un amor esporádico

Te busco en el mismo lugar, en imágenes sueltas que deambulan entre el sol y las sombras.

Yo sé que te busco en lugares que son más míos que tuyos, como si quisiera que me buscaras y que, por supuesto, me encontraras.

Veo cada rincón, siento tu palma sobre la mía, aferrándose en la calle, los peatones, el césped, las rocas.

Tú y yo sentados uno al lado del otro, con una infinita inquietud de tocarnos, de cerrar los ojos. 

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Volver a contenerse en espacios vacíos. Un lugar devoto a la incertidumbre. Cuartos atemporales llenos de silencio. Puertas intermediarias donde se resuelven dudas. Regreso a la misma pared para volver a imaginar que puedo imaginar todo.

Un ejercicio de memoria, no de recuerdos, pero de ideas. Recuerdos de ideas, ideas de recuerdos.

Algún pensamiento creció no lejos de aquí.

Entre esquinas excavo, deambulo a través de circuitos. Me mantengo en orillas. Respiro un poco y me acerco a  pozos hondos a mirar, a mirarme. Camino  y tropiezo con olas gigantes, me siento y vuelvo a respirar para vislumbrar sueños inconcusos. Espero estar cerca. Siento mucho, pero me muevo poco. Respirar no es una acción automática. Hoy hay que sentirla, meditarla, para saberse. Hace tiempo sé que no sé; mi estancia se ha convertido en un estado fluctuante. 

No hay por qué negar cómo vibra todo. Tiemblo entre esquinas, a través de circuitos, en orillas.

Me acuerdo de algo que hubo y que ya no está. Trato de buscar en líneas estrechas o grietas porosas. Me hace pensar en imágenes colapsadas, de un desierto sin textos, ni espejos. Y claro, pienso en Marco Polo y sus ciudades; porque aunque no recuerdo palabras, sí recuerdo sentimientos. Hilo relatos con ladrillos, arena y un poco de azufre, y, últimamente, con una ligera brisa que desconozco. Percibo algo, pero no lo veo. Podría pararme a preguntar, pero eso implica  regresar a cartas no enviadas de un viajero ensimismado en sus sueños y, honestamente, no sé si las encuentre. Me queda, como siempre, esperar volver a recordar; que la extremidad de alguna rama o delicadeza de una hoja, llame mi atención, y pueda, a través de ecos desviados y sombras deformes, descifrar otras dimensiones que sé que se esconden en mi memoria, en mis percepciones o en mi imaginario. Da lo mismo, todos, cuando quieren, me llevan al mismo abismo. Tal vez, mañana o pasado, encuentre otra pista y, con suerte, pueda recuperar postales pérdidas del lugar que estoy buscando.