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A MI MA LE DEBO UN MONTÓN DE COSAS

A mi ma le debo un montón de cosas, pero hay dos en especial que le agradezco mucho: la música a todo volumen y el punk.

 

Una me llevó a la otra. Nunca me puso punk, pero ella lo inventó. Bueno, no, casi. Ya venía dentro de ella: en alguna generación no tan lejana se engendró y terminó de explotar en su interior cerca de sus treintas.

 

Yo nací poco después.

Crecí y luego de tantos bailes, su forma de presentarse y una brutal independencia, descubrí que esa fuerza tenía nombre y sonaba a una síntesis descoordinada de todo lo que la impregnaba.

 

Al principio, yo empecé derritiéndome por Elvis. A los ocho años, me quedaba dormida en el cuarto que estaba a lado de la sala de la abuela, mientras continuaba la necedad insaciable de mis tíos y papás de seguir bailando y escuchando música. Entre dormitando y los ojos entreabiertos, esperaba atenta a que el ruido perdiera su rigor como señal de que era momento de partir o a que, para alegrar mis noches de espera, entraran descargas eléctricas de alguna guitarra desesperada por revelar. Suerte la mía fue que no sólo comenzaban los riffs, si no que, de este lado de la bocina, se armaba todo un show. Salía corriendo a ver a todos dar vueltas y vueltas, y enchuecar los pies.

 

Después de un tiempo, y enamorarme más y más de verlos bailar, le pedí a mi mamá que me enseñara un poco. Conecté la grabadora, puse a Elvis, y ella bailaba naturalmente. Yo esperaba instrucciones concisas, ademanes que iba a aprender a imitar después de una serie de intentos, pero no, no aprendí nada de eso. Lo único con lo que tuve que conformarme fue con su seguridad de mirarme y sólo decirme: “no bailes, escucha”. Yo detesté su respuesta; no quería clases para aprender a escuchar, yo quería explotar, fluir, saber mover cada extremidad a ritmos imprecisos.

Pasó como siempre pasa, una crece y entiende el significado de las palabras, o al menos entiende que tiene varios y que hay que aprender a colocarlos en la línea —o espiral, depende en dónde te metas— del tiempo.

 

Así fue. Primero, aprendí a escuchar y luego a bailar. Luego, descubrí que bailar es escuchar.  Y ahora sé que al cuerpo, antes de mandarlo, hay que escucharlo.  Después de eso, siento cómo todo entra en una sincronía donde fluyo y todo fluye. A ratos, mis pies se entorpecen. La tensión y la presión suelen distraer; las caderas, los pies y la espalda lo resienten.  A veces, es necesario desfasarse de la realidad y dejar que el roce guíe. Como cuando el viento toca las hojas de los árboles y ellos, sin más, se dejan abrazar por tantas idas y vueltas.

 

Todo esto vino porque volví a ver a mi mamá poner la música a todo volumen, cantar y bailar sola. Todos ya se habían ido a acostar. Ella se quedó en la sala con la grabadora, su celular y YouTube que ahora guarda sus listas de reproducción.

 

En ese momento, coincidió todo de nuevo. Como esos pequeños desplantes del tiempo en los que luego uno se incorpora. Yo estaba ahí en la sala porque en algún momento de la reunión, me quedé dormida, hasta que llegó mi mamá a armar su revuelta. Qué bueno que tenía mi cámara cerca y que pude, y ella se dejó, grabar un poco de ella disfrutando.

 

Yo comencé a bailar con mis manos chuecas y mi cámara. No todo salió muy bien, pero está bien. Fluir es así, dejar que pase. Al final, lo más bonito es así: la música, ella, el cuerpo, bailar, escuchar, amar y querer. Y todo eso lo aprendí cuando ella ponía la música a todo volumen y se ponía a bailar.

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