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TU AUSENCIA PENETRÓ EN UN ABISMO DE NÚMEROS SIETE

Tres meses han pasado y para María siempre es reconfortante ver la ventana en cuanto el sonido del televisor empieza. Las imágenes que ofrece la calle son más vivas que un cuadro lleno de luces que lastima los ojos. Llega la tarde, siempre a la misma hora, y el televisor empieza un discurso chillante. Para María ya no es suficiente sólo mirar por la ventana; los ruidos del cuarto continuo son tan asfixiantes que se vuelve necesario abrir la ventana y escuchar los sonidos de una calle que respira diferente. María se sienta cerca del borde a ver a los transeúntes y los coches yendo en direcciones que poco conoce.

Tras un par de idas y vueltas con la mirada, el timbre suena desesperadamente. María con la ventana abierta, respira hondo sobre un viento que señala una tormenta. El timbre no para de sonar, pero María lo ignora y continúa, casi como meditando, viendo hacia afuera y respirando tan profundo como si el viento se estuviera llevando cúmulos de oxígeno vitales para su bienestar. En instantes, ya no sólo suena un timbre escandaloso, sino también golpe tras golpe sobre la puerta. Todavía en un mar de pensamientos y un viento que aún no es capaz de encapsular, María corre a abrir la puerta en un movimiento automático, sin preocuparse de saber quién está del otro lado. Evitando con peculiar astucia mirar, se concentra en respirar. Regresa al borde para sentir el aire rodeando más partes de su cuerpo, y todo comienza a comprimirse. Sólo es capaz de escuchar gestos de un par de coches pasando y pájaros que repiten su canto como si sus oídos se hubiesen inflamado. La casa atraviesa un silencio desbordante por un televisor muerto y una calle casi desierta.  

 

La angustia crece en ella por la firme sensación de que todo va perdiendo vida. Cuando el sol regresa al horizonte, el agobio termina manipulando sus ánimos y casi sin pensarlo, consigue hacer que su cuerpo reaccione y lo empuja a la orilla del cuarto. El espacio envuelto en total oscuridad es alumbrado por las luces de un televisor melancólico que penetra en la cara que le cuesta trabajo reconocer. El ruido de todo el lugar retoma su andar como un reloj presionando el pecho. El rostro de una mujer joven y marchita, sentada en la cama y cubierta de sábanas, se vislumbra en ese parpadear y andar robótico. María se acerca al cuerpo inmóvil con extrema ligereza para tratar de entablar una conversación, sin romper la armonía imperfecta que en el fondo detesta. Pero ninguna extremidad reacciona de ese otro lado. Basta ver cómo esa mirada escondida entre sombras y luces pasa sobre ella, como si su presencia fuera un aire sin fuerza. 

 

Antes de salir del cuarto, con la extraña seguridad de haber olvidado algo, María voltea a ver a su madre perdida en el cuadro lleno de colores intensos, pero nada vivos. Al cerrar la puerta, le recuerda y de paso se lo repite a ella misma, que su padre no va a volver.

GUIÓN